28/04/2020 | News > AsiaView
De las 25,9 millones de personas refugiadas que existen en el mundo, unas cuatro en Asia-Pacífico, casi un millón “viven” hacinadas en el mayor campo de refugiados del Planeta: Kutupalong, en el distrito de Cox’s Bazar, en la costa oeste de Bangladesh. A 9.000 km de nuestras fronteras, y a unas 17 horas de vuelo desde Europa. Los “habitantes” de este campo de refugiados son rohingyas, minoría musulmana procedente de un país que no los considera ciudadanos. Son los apátridas de Myanmar, un país cuya líder de facto es desde 2016 la Premio Nobel de la Paz, Aung San Suu Kyi.

Escapando del terror, el éxodo

Un 25 de agosto de 2017 se iniciaba el éxodo masivo. Llegaban a Cox’s Bazar unas 8.000 personas rohingyas por día, huyendo del terror ejercido por el ejército birmano: violaciones en masa contra mujeres y niñas, asesinatos en frente de las familias, quema de viviendas incluso con sus habitantes dentro, desapariciones y desplazamientos forzosos… Las Naciones Unidas considerarían estos crímenes de limpieza étnica, y en enero de 2020 la Corte Internacional de Justicia (CIJ) de la ONU estipulaba que Myanmar debía tomar medidas provisionales para proteger a los rohingya de cualquier acto genocida.

En tan solo seis meses se asentaron en Cox’s Bazar más de 700.000 rohingyas que construyeron habitáculos de plástico y bambú, estructuras muy frágiles para afrontar la temporada del monzón. Como también eran y son frágiles sus condiciones de salud física y mental. Sarampión, difteria, infecciones del tracto respiratorio, enfermedades diarreicas, tifus, estrés postraumático, son algunas de las patologías que sufren por su pasado, en Myanmar, y por su presente, refugiados en condiciones insalubres. Un campo de refugiados es un sitio peligroso, no solo por las condiciones de insalubridad pero también de inseguridad y violencia: trata de personas, violencia sexual y de género…

La COVID-19 en el campo de refugiados

Agencias de la ONU y organizaciones humanitarias que trabajan en el país se están preparando y coordinando para ayudar a las autoridades a protegerlos de la crisis sanitaria y humanitaria que podría suponer la entrada de la COVID-19 en Cox’s Bazar. Pero es harto complejo e incierto.

No en vano, las medidas de distanciamiento, (se recomiendan dos metros) y de lavado de manos para frenar el coronavirus son difíciles de acatar en un lugar donde el hacinamiento es la norma y el agua limpia o el jabón escasean. Tampoco existen unidades de cuidados intensivos, la mayoría están en Dacca, la capital, ni un sistema de detección del coronavirus. En algunas zonas, según la Agencia de la ONU para los Refugiados (ACNUR), el espacio es de sólo 8m2 por persona, muy por debajo de los 30m2 mínimos recomendados, y de los 45 m2 estándar para una emergencia.

Además, aunque el 54% son niños y el 42% adultos, las personas de más de 59 años constituyen el 4% de la población refugiada en Cox’s Bazar, unos 31.500, que según Amnistía Internacional corren el peligro de quedar desatendidas. El COVID-19 es más letal en personas con problemas respiratorios, enfermedades crónicas, inmunudeprimidos o personas mayores. Muchos, demasiados refugiados de Cox’s Bazar, cumplen algunos o varios de estos requisitos y los medios sanitarios son escasos, como también lo son en el resto del país: Bangladesh está en el puesto número 135 del Informe sobre Desarrollo Humano 2019 del PNUD.

Confinados, con acceso restringido a internet y llamadas

En el país ya hay confirmados 621 casos y 34 fallecidos por la COVID-19 a fecha 12 de abril, según la OMS. Tres días antes, por la amenaza de la pandemia, el gobierno confinó a todo el distrito de Cox’s Bazar: solo funcionarán los servicios médicos y los de distribución de comida de urgencia.

Por otro lado, desde septiembre de 2019 las personas refugiadas rohingyas tienen acceso restringido a Internet y no pueden adquirir legalmente tarjetas SIM: consultar o comunicar síntomas relacionados con el coronavirus y otras dolencias, es complicado. Dificulta también el realizar campa-ñas de sensibilización sobre la COVID-19 por estos medios y los pone más en peligro: el acceso a la información es un componente esencial para una respuesta efectiva de salud pública ante una pandemia. El motivo alegado por las autoridades para ordenar las restricciones en las comunicaciones fueron temas de seguridad e uso ilegal de móviles. Human Rights Watch y 40 organizaciones más han solicitado al Primer Ministro que anule dichas restricciones.

Repensar el mañana para con los más vulnerables

El mañana en los campos de refugiados de Cox’s Bazar puede ser una hecatombe de no ponerse todos los medios necesarios para, si no evitarla, que sea lo menos catastrófica posible. La pandemia actual nos ha recordado lo vulnerables que somos, lo interconectados que estamos. Nos insta, exige, a que se creen soluciones globales. Que nuestra propia crisis sanitaria, social y económica no deje en el olvido, una vez más, a los más vulnerables del Planeta. Las organizaciones humanitarias y a las agencias de las Naciones Unidas necesitan ayudan para frenar el desastre.

La inhumana situación de las personas rohingyas es uno de los muchos espejos rotos donde mirar para trabajar por un mundo en donde nadie tenga que huir del horror. En manos de la sociedad civil, de los Gobiernos y de la comunidad internacional está el acelerar la consecución de los Objetivos de Desarrollo Sostenible, y la construcción de un mundo mejor para generaciones futuras. Nos va la humanidad y el Planeta en ello. 

Yasmin Paricio Burtin, coordinadora de Política, Sociedad y Programas Educativos de Casa Asia @yparicio 

Este artículo forma parte del espacio de reflexión #repensandoelmañana, con el que queremos compartir el análisis que nuestra red de personas expertas, tanto de Casa Asia como externas, hace sobre diversos asuntos de la actualidad en la región Asia-Pacífico.